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Captura YouTube AFP
Hace 20 años vive en una pequeña caverna en Serbia y evita el contacto con la sociedad. El virus “no escoge, vendrá aquí también, a mi caverna”, dijo el hombre de 70 años.

Panta Petrovic es el nombre del ermitaño que desde hace 20 años vive en una pequeña caverna en Serbia y evita el contacto con la sociedad. Antes de la llegada del covid-19, con su estilo de vida, ya había hecho del distanciamiento físico una realidad.

Y a pesar de su soledad, se vacunó contra la enfermedad que ha puesto en jaque al mundo apenas salieron las primeras inoculaciones.

El virus “no escoge, vendrá aquí también, a mi caverna”, dijo el hombre de 70 años a la AFP en la montaña boscosa de Stara Planina, en el sur de Serbia.

 

¿Cómo es su cueva?

La cueva donde vive Petrovic sólo puede ser alcanzada tras una subida empinada, y no es para corazones débiles.

Está equipada con una bañera herrumbrada que él utiliza como inodoro, algunas bancas y una paca de heno que le sirve de cama.

Petrovic proviene del poblado vecino de Pirot, donde trabajó como peón en el mercado negro, como lo hizo en el exterior durante algún tiempo. Se casó varias veces, en un estilo de vida que considera “frenético”.

Este amante de la naturaleza gradualmente descubrió que aislarse de la sociedad le brindaba una libertad que no conocía antes.

“Yo no era libre en la ciudad. Siempre hay alguien en tu camino, se discute con la esposa, los vecinos o la policía“, declaró Petrovic a AFP mientras pelaba unos vegetales para su almuerzo.

“Aquí nadie me molesta”, agregó con una sonrisa que reveló sus dientes descuidados.

 

Vida de ermitaño

En su modo de vida, el hombre se alimenta de hongos y pescados que obtiene en su día a día. También busca residuos en basureros, recibe asistencia social y donaciones.

Después de que los lobos mataron a algunos de los animales que tenía cerca de la caverna -cabras, gallinas, unos 30 perros y gatos, y un jabalí, Petrovic decidió trasladarlos a una choza que levantó en las afueras del pueblo donde cree que estarán a salvo.

El jabalí, al que llamó Mara, es su favorito. La encontró hace ocho años era una cerdita atrapada en los arbustos, y la cuidó hasta que se recuperó. La intimidante creatura de 200 kilos juega en la quebrada y come manzanas de la mano de Petrovic.

“Ella es todo para mí, la amo y ella me escucha. No hay dinero que pueda comprar algo así, una verdadera mascota”, comentó.

También tiene tres gatitos cuya madre fue matada por un lobo, y ahora los alimenta con una jeringa.

 

Las vacunas

Cuando las vacunas estaban disponibles, se arremangó y se la puso.

Petrovic dijo no entender las quejas que hacen algunos escépticos, y asegura creer en un proceso que busca erradicar las enfermedades.

Quiero recibir las tres dosis, incluida la adicional, llamo a todos los ciudadanos a vacunarse, cada uno de ellos”, expresó.

Antes de aislarse, Petrovic donó todo el dinero que tenía a la comunidad, al financiar la construcción de tres pequeños puentes en el pueblo.

“El dinero es una maldición, echa a perder a las personas. Creo que nada corrompe a la gente como el dinero”, opinó Petrovic.

Sobre uno de los puentes, Petrovic construyó un palomar al que él, pese a su avanzada edad, escala para dejar migas de pan que recoge al rebuscar en los basureros.

 

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